A Media Luz


por Elmer Mendoza
Escritor de Sinaloa

La luz y la oscuridad fueron antagónicas hasta que se inventó la fotografía.

La fotografía, como arte, es un símbolo en sí misma, la gran paralela de la vida que establece y rompe sus códigos con el paso de las horas y la presencia-ausencia del espacio.

A Media luz es también a Media sombra. Las fotografías de José Rodríguez no se ven, se enfrentan; son el estado de ánimo de una mujer asida a la penumbra, el baile del ojo en el desierto, la velocidad de la luz domesticada. Ahí donde los rostros son un pueblo está el Venado, donde el trazo es un cuerpo está la mujer, donde el grano se afirma está el Arte. Venado y mujer se han unido para definir la personalidad de una raza, han hecho el silencio, solo sus rasgos gritan, reclaman, proyectan a una avasalladora avalancha cósmica. Me callo, las imágenes me arrebatan, el rostro es una máscara que oculta las diferencias étnicas de las razas para unificarlas, para ponerles nombre.

Las fotos de Rodríguez son bellas; no obstante no se trata de esa belleza dulce producto de una pasividad armónica; no, se trata de la belleza del misterio, de lo oculto en la sombra o en la ironía del Venado que abreva en labios de mujer; y aquí callo de nuevo, dejo que los símbolos se muevan de lo insólito a lo ingenuo, permito que no me digan palabra, que se deslicen por ámbitos que mi imaginación desconoce, que me roben la voz y no pueda hablar de los senos luminosos y vulnerables, para que no mencione el pubis lluviosos y el perfil señora tentación.

Llega la media hora, bajo mi nombre nada queda; se oye música, un tres, con las fotos nada ocurre, aquí están, ante la verbena del corazón, midiendo sus palpitaciones, A Media luz, a media descripción.



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