Retablos visuales del mundo nuestro


por Nery Córdova,
Museo Arqueológico de Mazatlán, Sinaloa

Las “tres Hojeadas desde un mismo Ojo” son un hallazgo visual. Las tres se deslizan, tocan, palpan, susurran y terminan por llegar y mirar al corazón. Registros de la lente, concreción de técnica y oficio y manifestación sensible de una concepción humana; las tres facetas de la colección fotográfica han capturado en una misma acción intencionada los polos supuestos de esencia y apariencia, la emisión de una idea y la recepción densa de un concepto.

Primero una interiorización por los caminos del cuerpo de féminas subyugantes, atrapando sensualidad y estética, sin poses o garbos forzados; luego rituales, rostros y gestos de cierta marginalidad mexicana que es herencia y presente crucial de la cultura y la vida pública; y el tercer vistazo el a la edificación que le otorga ritmo urbano de progreso, en concreto, al enajenado destino humano. Tres miradas sobre y dentro de imágenes primordialmente sinaloenses.

José Rodríguez Macías, autor que detuvo el movimiento en instantes y momentos precisos por vía de la emoción y el detallismo de su óptica lúdica y diversa, no ha buscado conquistar o conmover a nadie, sino mas bien contribuir a la realización del retrato de lo nuestro –a partir de los retratos regionales-, que con tanta urgencia reclama la cultura nacional.

Los desnudos de las sinaloenses capturadas, sin duda por la modernidad del daguerrotipo, desde enfoques plenos de gusto, implican un reconocimiento avieso a la hermosura desaforada de las hembras de estas encandiladoras tierras. Ojos de abandono, pupilas que hilan fantasías, miradas que floan en la entrega abstracta y sublime; la piel que se transforma en sediento desierto y que ofrece un oasis como antesala de la entraña del mundo y del paraíso de la carne; el cuerpo que crece en la retina y que exhibe el magma de sus curvas, mas grande que el voraz cilindro de la industria; madejas y sortijas y joyas de Venus, que sin menoscabo del negro monte que invita, brillan en el azoro recepcional del espectador cautivo.

En el claroscuro de las escenas, las estrellas femeninas podrían ser entendidas como rescates y regalos del arte, en una combinación que va de la evocación de la belleza pura y natural –que se queda por supuesto en mera evocación- , a la sutil presencia de ellas del contexto urbano de la época actual. Su fuerza sensual irrumpe sobre los latidos y la circulación normales en la sangre. El erotismo, diáfano, es la expresión misma de un sentido estético que une al objeto central con el entorno cercano. Y se retratan tiempos, pero no se petrifican ni la vida ni el movimiento ni el espacio que se subliman mas allá de los marcos fijos de las fotografías.

La segunda hojeada ofrece una ruta, sin afanes doctrinados, propagandísticos o panfletarios, a la esfera mística de un pasado que sigue vivo en el ahora, que se niega a ser sólo curiosidad turística y que reniega igual, en sentido latente, de las concepciones que ubican tradición como rémora histórica o pretérito social que debe ser rebasado y olvidado. La fortaleza del ser atávico gravita aún sobre el presente y le dan rumbo aún a la posibilidad del fortalecimiento de la Nación.

El artista de la cámara no usa los gestos, los modos y las sombras de los hombres tribales para apuntalar morbos; las imágenes, por el contrario, restablecen certezas de identidad, que están ahí, en territorio mexicano, como presencia incuestionable. En la inocencia o ingenuidad de la sonrisa, el intelecto se encuentra de pronto y de golpe junto al pasmo de una realidad cruda, pero enteramente nuestra. Los rostros ataviados patentizan formas de vida distintivas que, en el fondo del atuendo, en su simbolismo descubren bajo la luz y en medio de las penumbras de la memoria las complejas raíces de lo que somos.

Finalmente, el artista presenta una descripción paradójica del hombre bajo el yugo de los productos de su creación. La construcción magna de las estructuras, que ciertamente pueden ser identificadas como datos del progreso material, destaca la fuerza y la capacidad del trabajo que termina por imponerse y tragarse, o por lo menos disminuir, al propio constructor de las descomunales edificaciones.

La clásica figura de Frankestein reafirma la certeza del concepto “alineación” en las cosas que cobran vida artificiosa, en demérito del ser y que atentan contra su esencia. En la evidente concreción de la riqueza material de las sociedades, el trabajador sucumbe en la vorágine de su propia aportación histórica, en el legado de una cultura de la cual es sólo pieza, peón o arquitecto. Y está ahí, en el detallo de los tenis roídos o en la crueldad del obrero consumiéndose en cuerpo y alma. Dios es el hombre que ha soltado su potencial y poder las tempestades putativas de sus engendros. Todo en aras de la Razón.

José Rodríguez Macías –ojo avisor de la belleza y la riqueza humanas, lo es también de sus secretos, sus contrastes y sus contradicciones-, efectúa una triple y privilegiada contemplación desde las alas sublimadas de un oficio, al final de cuentas, más allá del drama inevitable de la gracia exquisita de la mujer, antes de que la Civilización, la Moral y el Progreso nos alcancen, que en tres o más hojeadas, las bellas muestren , que la cultura exprese y que el hombre exponga.

Nery Córdova



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Pulir la flor con la mirada
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A Media Luz


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